Asoma uno a la calle su mirada, a los coches, a los barrios, a la gente que se afana. Y después pone el oído a las cosas que a esa gente se le dicen. Y lo que sale en la tele, con tendencia según la emisora y el color –los distintos predicantes. Para ver ese trabajo cotidiano y soterraño de creer en las cosas que se viven –el trabajo indispensable de elegir a cada instante en qué se cree. Y las otras creencias que se ciernen, sobrevuelan: pavesas de un desastre –garrafón de ideología, he leído- que amenazan y se infiltran.

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