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Hay libros con título que incita a la posesión como de un sorbo: tal si fuera posible apurarlos –su hondura y sus matices- en un único golpe de lectura. Uno de ellos, me lo pareció desde siempre, la historia de la locura de la mano de Foucault. Esa sinrazón que puede ser historiada –o que, al menos se promete. Después, página a página se advierte que el historiar es inseparable o se confunde con una rigurosa arquitectura metafísica. Como ese título me invita a pensar –por lo análogo del constructo- en una sociología de la desdicha. Con sus laboratorios acotados –de cualidades morales muy distintas: el asilo, el hospital, el manicomio, la prisión, el campo de prisioneros, el de concentración que pretende el exterminio. Y aquí, la cualidad del sufrimiento –aquel que proviene de limitación intrínseca: el viejo o el enfermo, con tendencia al descreimiento de los otros y al resabio solipsista. El preso –con sus códigos de honor, de moral, de camaradería según con quiénes y cómo. El prisionero, o el objeto de exterminio –unidos en la nulidad de su ser, en su reducto. El loco… inventándose en su relación con un mundo imaginario, desquiciado.

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