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Parece que el inicio este año de la feria de Sevilla ha venido con contratiempo y chubascos. Al menos, así lo he visto en imágenes que proyectaba la tele. Y perdonará el lector la banalidad de este inicio –como quien habla del tiempo. Pero es esta lluvia lo que distingue las imágenes que digo de las que otros años dejaron en mi memoria. Por lo demás, una anécdota, unos gestos y unos bailes –sevillanas. Casetas, farolillos, los caballos con sus coches, y un decorado que poco cambia año a año. Y esto que digo, no vale sólo para Sevilla –mas para otra fiesta popular cualquiera. Curiosidad de que quienes se divierten, quienes rompen los quehaceres cotidianos, encuentran la libertad y el asueto, repitan en realidad rituales en sus bailes y bebidas, sus paseos, las anécdotas que producen su alegría. Algo no diferente de otras imágenes de fiestas primitivas que la tele ofrece también desde el corazón de África. Por retornar a ese hecho: que el meollo de la fiesta cumple un rito en todas las ocasiones. Invariable –y olvidado por aquellos que se entregan. Olvidar y confundirse, para vivir su eficacia.

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