Todavía quedan, en el cinturón urbano, ventorrillos de aquellos –antañones, de otro tiempo, perviviendo el vino peleón en vaso vidrio recio y estriado, las patatas cocidas que unta con unción el alioli, los callos y la lengua, la salchicha, el morcón, la morcilla o longaniza. En los que el pan es carrasqueño, o guarda el dejo envejecido del heñir –de la creciente y la artesa. Esos ventorros que mantienen tradiciones muy antiguas: las cenas mensuales de hombres acudiendo de rodríguez, su cortesía trazo grueso y campechana. Mujeres de vez en cuando, en compañía del marido. El mostrador de madera. Sin humos, desde hace un tiempo –sin tabaco. La sola modernidad que no agota la contención de esos modos que nos llegan de otro tiempo. También la camaradería de mesonero y clientela –los gestos de una amistad que no abole las fronteras, desde siempre, de distancia y de respeto.

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