A estas alturas del cine que nos obsequia la vida, ya puedo afirmar que el honor no existe. Salvo el que nos reconocen otros, por supuesto. Pero ese honor que alguien dice defender sobre sí mismo, o aquel otro que engríe los discursos y enerva la mirada… eso no es otra cosa que distraer la atención –o mismamente impostura. Llamémosle de otro modo: egoísmo, presunción, complicidad mendicante, intransigencia. Más claras razones para la complacencia ciega, o para ahondar la indignidad sobre sí, o el menosprecio que se cree derramar sobre los otros. Pudiera sustituirse ese honor por franqueza, honradez o rectitud. Como quien pasó por las aceras de sus días con claridad en su acción, y con su mirada limpia.

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