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Hoy he visto una película sobre Hannah Arendt. O mejor, sobre su papel de filósofa y cronista en uno de los juicios posteriores al derrumbe del nazismo. Por lo general, este tipo de filmes tienen un halo hagiográfico –en lo que ha cumplido muy exacta la película que digo. No obstante, en los pensamientos desplegados había un nervio: cuestionar la potestad de un individuo para obrar un mal absoluto. Ejemplificado en la defensa que de sí en el tribunal hiciera Adolf Eichmann. O, por lanzar una hipérbole: si en ese tribunal se condenó in persona un acontecer universal y macabro –lo que sería mucho más que condenar un sistema. En el discurso, hay este punto inflexivo: que para obrar ese mal, un individuo debe previamente desposeerse de su condición humana –lo que no concluye por sí en irresponsabilidad entera ante los hechos causados. Es lo que llamó Arendt la banalidad del mal –dimanante de la banalización de quien lo causa, de sí mismo. Para concluir después que no cabe conjugar banalidad y tragedia. El celuloide no aborda la cuestión de los conceptos hiperbólicos, difusos y tan caros a veces a los filósofos: si un mal absoluto puede ser producido en el adentro de la historia. Donde los hechos son absolutos tan sólo bajo la perspectiva limitada del que los mira. Salvo que así se reputen, por un concepto interior –establecido a priori-, como lo es su producción autorreferente y a escala incondicionada.

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