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La guía municipal que orientaba la visita de aquel grupo de turistas, explicaba el origen militar de la ciudad en el esplendor de Roma. La Plaza del Mercado Chico -donde se enfrentan el consistorio con el templo bautismal de la fundadora que fue de la reforma femenina del Carmelo. Allí se cruzan las vías perpendiculares que organizaban el campo: el cardus, de norte a sur, y también el decumano. Hablo de Ávila, ciudad esencial y castellana, como el lector a seguro ha columbrado. No escuché en el momento que la guía aludiera al Cristo de las Batallas: imagen que la Capilla de Mosén Rubí cobija –donde el cardus desemboca en la muralla-, escuela florentina cercana al hacer de della Robbia. Esta imagen –este busto- es prodigio de expresión y de ternura. Imagen de batalla, portada por los Reyes Católicos en campañas militares –tal la historia lo refleja. Dotada que fue por el rey aragonés Juan II, en ajuar de su hijo El Católico. Es de ver procesionar a este Cristo la noche de miércoles santo, a las dos de la madrugada y en silencio intransgredible –negras túnicas y hachones-. Franqueado el pórtico ojival de la muralla, la comitiva limita a su izquierda con las almenas y muros –con sus piedras-, a derecha todo abierto hacia su valle. Su matriz –la oscuridad, el silencio, la piedad y el frío que sin tregua la recala.

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