John Wayne era un tío macho y suficiente –en las películas, claro. De esos que miraban a las mujeres igual que a los matones de saloon: con poderío y distancia. Suyo, el ademán con que se apoya sin tensión en una pierna, la otra flexionada levemente. El torso relajado, descansando –como exento de su peso- en la cadera. En jarras los brazos, reposando las manos al lugar del correaje –cerca del revólver enfundado en cartuchera. Inclinado el cuello, por encima de un pañuelo de pico -de desaliño estudiado. Un perdonavidas, no lo era sin embargo. En ningún lugar del celuloide mantuvo arrogancia ni un actuar displicente –mas respondiendo con honradez al entorno. Y sobre todo, un carácter: lo que no se ve, pero llena de sí mismo el gesto de sus piernas, de sus brazos, de sus manos, de su cuello… Un modo de mirar, el cómo hablaba: el alma inhabitando el personaje y la pose. Un pistolero cabal –un caballero de entonces.

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