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Una reivindicación del genio de Descartes, en un mundo descreído, precisa hallar apoyo en lugares ajenos a su inquietud filosófica. Porque el pensador es adusto y solipsista –y, sobre todo, deseoso de verdad inconmovible. Siendo así que no se ve que ese anhelo de verdad incuestionable hoy atraiga a quienes los revuelve su solo pensamiento, o los pone de los nervios. Se prefiere, en general, al Descartes matemático –cuya aportación resulta productiva, y no provoca. Por mi parte, debo decir que el Discurso del Método me deslumbró en el momento tan lejano de mi primera lectura. Conforme me adentraba en la obra de filósofos, lo empecé a considerar obra cerrada –de limitación que le causa su propio presupuesto. Después, he llegado a pensar cómo un hombre madurado y concienzudo pudo dudar con tanto rigor –perseguir la verdad con tanto empeño. Sobre todo cuando la madurez reblandece seguridad y exigencia –no digamos, la senilidad entonces. Un modo de ver el impulso juvenil, bajo la capa rigorista de un pensador que se afirma.

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