Hubo un tiempo en que el folklore se hizo pasar por cultura –coros y danzas, refajos y peinetas, barracas festeras con morcilla y con salchicha. La cultura del pueblo –frente a la tediosa de concierto de sinfónica, en televisión blanco y negro y en la mañana del sábado, o conferencias asistidas con aire de interés muy fingido y amago de aburrimiento, o la exposición donde el profano retenía la impaciencia de abandonar cuadro a cuadro la sala con paso enjuto. Después, fue cultura el botellón –hoy descalificado, por contravenir un precepto de corrección relativo al alcohol, la juventud y los hábitos saludables. Más tarde, el buen gusto y la moral se vieron trasuntados en dogmas de valoración correcta –la vuelta del anatema con la corrección política, y el escrache biempensante a cualquiera que no acceda a doblegarse. También, la inteligencia emocional sustituyendo a la de siempre: donde una autoridad no hace tanto que afirmaba que las emociones son cosa de gandules -y una cierta pereza de los músculos del saber y de la crítica, me parece que es cierto que comportan. Sólo que añadía esa autoridad –MB me lo contaba- como Einstein tumbado a la bartola, esperando que cayera la manzana. Einstein dijo, lector. Que así lo dijo y así era. Sin invención. Sin errata.

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