Un recodo al final de la barra o mostrador de un antiguo ventorrillo –con el color lujurioso de platos de embutidos, de habas de verdísimo frescor y tiernas como ellas solas. Vidrios gruesos y achatados, los vasos que se ofrecen a los vinos –populares todos ellos, corpulentos como tintos y pastosos. Y allí, peña de paisanos en la hora del almuerzo. Que así conocen en el lugar la colación de mitad de la mañana. Un grupo tan nutrido como alegre, entorpeciendo el puertuco que franquea un comedor en penumbra y vacío en gran medida por la hora. Salvo en el fondo una mesa familiar con los abuelos, con los padres, con los hijos y algún nieto. Y una abuela dictamina sobre el agua que un infante deglute, a su ver en demasía: que el agua es buena. Pero sin abusar, porque entonces te da una potomanía -en lo que mostraba su hechura etimologista. Para concluir el dictamen, pretencioso hasta la risa circundante: y la potomanía es tan mala… que al remate, mismamente, los riñones se te lisian.

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