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Qué cosas tan verdaderas tienen los versos, en algunas ocasiones. Aunque también hay que decir que dependiendo, y según, de lo que de la verdad se espere. Porque hay quienes la conciben como constatación del hecho: el asfalto es áspero de sabor, o suda como podrido. O quienes la reputan como coherencia entre afirmaciones solidarias producidas en el seno de un sistema: la suma de los catetos es proporcional al agua que desalojan. También hay quienes conciben una verdad poética: los amores de don Perlimplín con Belisa, en su jardín. Todos ellos, digamos que por ejemplo. El caso es que el verso que da título a estas líneas –la memoria me asegura que de pluma de Bousoño, aunque no he tomado los trabajos del contraste- lo tuve por verso grandemente verdadero. Por considerar que el asombro es como imagen súbita que un espejo inesperado trasladara al cristal del pensamiento. Insólita y contundente. Y la multiplicación del reverberar de asombros como en un juego de espejos. Dependerá como es claro de la aptitud de asombrarse, y del empeño también que para ello se ponga –pues los filósofos enseñaron que cada cosa del día, mirada desde un punto es asombro o es rareza. Considérese, por ejemplo y como prueba, la verdad indiscutible de este post –según el lector lo vea.

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