Arturo Querejeta hace un magnífico Shylock –ese papel del judío, de El mercader de Venecia. Una interpretación, la suya, que hace aparecer diferencias en el resto del reparto. Como sucede cada vez que, en teatro, un prestigio señalado se erige en la referencia. Y sin duda lo es por encarnar, en su ejecución, los matices y la tensión de un carácter. Seguramente el más definido en la obra: un retrato logradísimo entre los shakesperianos. El resto de personajes resultan esquemáticos de hechura, y también –en este caso- de ejecución mucho menos exigente. Amén de la diferencia del hacer en los actores. Lo que no obsta para que el crítico inquiera sobre la desigualdad de figuras actuantes: como cuadro en el que un personaje de elaboración y hondura, concita a su alrededor figuras convencionales. Seguramente porque en la obra convivan dos historias anteriores: una de enredo, de comedia con exotismo de pretendientes y la apertura de cofres –y al final, con el nudo amatorio de la entrega del anillo. Otra, de drama y tensión con la historia del judío. No sé hasta qué punto ambas presentes en Giovanni Fiorentino –Il Pecorone: tal vez fuente narrativa del autor. O por capricho, sin más, del que gustan los escritores.

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