Cuando en España los políticos eran todavía –y mayoritarios- hombres cultos, ya se hablaba con vaciedad en el foro. No hablo de tanto atrás –sino de tiempos recientes, arriba o abajo algunos que otros decenios. Por entonces, un conocido -originario de Chile- me decía que a los españoles nos gustaba sobre todo el chu, chu, chu… Y acompañaba con gesto de los dedos oponiendo el pulgar a los restantes –unidos entre sí, tal órgano fonador que la mano asemejara. Lo peor es cuando el chu, chu, chu… se ha tornado el solo campo de dialéctica: confrontándose retóricas que nada significan, salvo eslogan contrapuesto –o parloteo de doctrina insustancial, consabida. El país, amortecido e incapaz de ese gesto de decoro nacional -el asombro más expreso, o todavía: la dignidad del escándalo.

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