Con los libros, tuve una relación casi humana –basada en el valor conferido, en el reconocimiento que sin ser solicitado les rendía. Los leí y acaricié, los escribí como también los amaba. Con esos pretéritos que me hacen hoy pensar, con ese imperfecto que me recrea -en tanto una emoción y un recuerdo retroceden por los caminos del tiempo. Su pasado, el mío y nuestro -cuando las librerías no encerraban todavía sus decrépitos ambientes: un valor no extinguido, pero anclado en otro tiempo -otros modos de saber, otra experiencia. En el estribo de un mundo que ha virado su dirección, en un quiebro. O en momento en el que éste que soy y que mira hacia el pasado, redescubre un valor que de antemano ignoraba –un modo reverencial de vivir la comezón, o el nudo de esta increencia.

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