Parece que el reivindicar a la mujer está de moda. No digo que sea ocioso –pero no pretexto para corrección opinable, o en política. Porque hay otros días –del refugiado, de la infancia, del hambre por las tierras de este mundo- que no se celebran en la tele con tal lujo de spots, de consigna y referencias. Con la extrapolación en que también se incurre al enfatizar en las palabras. Como lo es llamar con el nombre terrorismo al delito abominable del maltrato a las mujeres. Terrorismo, se me hace, es otra cosa –que puede incluir el maltrato femenino, mas en contexto y por motivo diferente. O esa frivolidad de llamar educación sexista a los niños que gustan de jugar al fútbol en la escuela y en periodo de recreo. O la que consiste en confundir el género gramatical con lo que hay en la entrepierna. Incluso por no decir el uso desigual del binomio machismo-feminismo: tan vituperado el uno como encomiado su homólogo. Olvidando que lo malo de los ismos es el horizonte absoluto que los funda –su propósito total e impositivo, su entraña proselitista.

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