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Letur es un pueblo recio y santiaguista, baluarte –que lo fue- del reino de Murcia. Hoy en la comunidad de Castilla-La Mancha, por aquel desastre perpetrado cuando el nacimiento de las autonomías españolas –rompiendo por un ímpetu ignorante la realidad antiquísima del reino, volcado desde siempre en la cuenca del Segura. Quien no lo haya visitado –sabrá que lo merecería aunque fuera sólo por su iglesia, siglo XV. También por lo alegre de sus aguas y su arroyo, su urbanismo medieval y su paisaje serrano –con su nieve en temporada, y con sus fríos. Allí conocí, para comer, la que fue La Posá –en calle colindante con el templo, y que en tiempos regentaban Silvia juntamente con Antonio. Matrimonio que eran. Lo que destilaban sus fogones -entre la contundencia de lo rústico y el sabor familiar, mediato y reconocible. Ya hace tanto que el bar cambió de manos –por proyecto de casa rural que forjaron sus antiguos mesoneros. Regresar hoy a Letur, o desde entonces, me hace concebir que los yantares suculentos son tan esenciales a un lugar como lo es el paisaje, o las aguas, o su iglesia –el contexto nutricio, y no sólo de belleza, que al viajero lo seduce inopinado y distante.

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