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Empezaré por dar una importancia a las palabras: un congreso es lugar de encuentro –en el que, desde lugares dispersos, confluyen quienes tienen cometido común, un interés superior o tarea que los une. Los diputados son designados por electores de territorios diversos, para representar cada uno la soberanía de España –porque del país hablo, como el título del post desde el inicio declara. El Congreso de los Diputados es lugar en donde España decide acerca de España. O al menos, debería serlo. No cabe allí división –quienes piensan representar una parte solamente: ideológica, geográfica o de cualquier denominador que se invente. Aunque cabe, y ello se exige, el contraste y diferencia de criterios. Y dicho esto, ayer en el debate de fallida investidura no advertí que en los escaños hubiera conciencia del cometido –la responsabilidad y el ethos político que se requiere. Tampoco en el presidente. No me vale el argumento de que era debutante: no sólo por político avezado –a quien todo se le exige-, mas también porque cualquiera que se ve en lugar de preeminencia prepara anticipado su papel y sesiones, no improvisa –a poco que, en presidente, se precie.

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