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La identidad que un vecino decía pertenecerle. Que poseyendo esa esencia distintiva –como era innegable poseía-, tenía el derecho de romper las reglas y derechos por los que se convivía en su barrio. Y esa esencia era… pues hablar de otra manera aun sabiendo hablar de la manera común que todos entendían. Y un no sé qué… una historia que ningún anal constataría, un carácter, un RH incluso que no era del catálogo más común entre los comunes que tenía el vecindario. Un mundo de locos, por dentro de su cabeza –según decía Manolo, un sufrido guardia urbano. Lo más chocante, el complejo que su pretendida identidad difundía en el entorno: como exigiendo un reconocimiento –y maldad o ignorancia en quien no lo dispensara. Como aquel personaje cervantino que al Caballero de la Triste Figura solicitaba un retrato de su dama –para poder reconocer la su sin par belleza: antes, por supuesto, de ser alanceado por no reconocer de grado lo que sin demostración ni prueba exige ser creído. Otras veces, y por razonar incluso, declaraba que hay naciones con identidad que no pueden blasonar de cualidades mayores, y que por qué él no iba a ser igualmente identitario y obviamente diferente. Que por qué había países y naciones poseyendo lo que a él se le negaba. Y Manolo, mientras ordenaba el tráfico y vigilaba el interés del común de la barriada, musitaba en sus adentros un pues eso, amigo… y, moviendo a ambos lados la cabeza y resignado: pues por eso.

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