En facebook, comparte un cibernauta la añoranza de los predios de su infancia. Las calles soleadas, las palmeras, el hogar familiar tanto tiempo abandonado. La distancia engendradora de nostalgias. Ese espacio que se cruza inmensurable entre la patria y nosotros. Ese tiempo transcurrido que mantiene en un pasado nuestra niñez, su calor y su regazo. Y evoca este cibernauta el deseo de un retorno –como el de Ulises a su Ítaca abandonada. No diré que no alcance a cualquiera el sentimiento –aunque pueda nublar los sentidos, o amortecer la acción de quien se mueve en un mundo. De hecho la Odisea halla materia poética, no en el destino finalmente apaciguado, sino en la acción procelosa con que se jalona el viaje. A sabiendas de que Ítaca, incluso quedará por conquistar: o al llegar, ya será otra. A ese precio es Ulises un emblema para Europa –y para el hombre moderno. Pues el darse a la nostalgia, es afán de posesión de lo pretérito -que lleva a senilidad, o engendra nacionalismo. A lo que hay que resistir, aunque fuera sujetos a un mástil de nuestra nave –por no sucumbir a ese canto del pasado, a la atracción de una imagen y al poder de la distancia, a la seducción vacía que posee a quien escucha el cantar de las sirenas.

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