Lo malo de tener una inquietud, es que el tiempo es limitado. Y no sólo: también que una inquietud limita el desarrollo de la otra, o también que la entorpece –o que son incompatibles, aunque ambas verdaderas. Son principios que me dictan la razón y la experiencia. Lo veo recientemente en un político –profesor conocido de hace tiempo, militante hoy de un partido. Un intelectual constreñido por las exigencias inmediatas de la acción y lo posible. Aceptando una disciplina de conmilitones y de vertical organigrama. Negociando con la sorda realidad de exigencias ciudadanas que no llegan al nivel de lo aceptable. Sometido a la refriega, con maquinación y artificio de estrategias –unas veces, confesables. Sin la soledad autocrática del pensador independiente y lejano –escribiendo en el vacío de su tiempo. Botella a la deriva por los siglos y los siglos, en espera de que alguien la recoja y ejercite.

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