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El profesor de lógica lo explicó con contundencia: un sorites no es sino una cadena encadenada de razones. Donde la conclusión obtenida es premisa del silogismo siguiente –y así en lo sucesivo, hasta el final inexorable de la serie deductiva. Cosa exigente, si se tiene en cuenta que un error en la mitad de la serie de argumentos –contaminaría de incorrección los sucesivos: hasta hacer dubitable la conclusión que se alcance en el postrero. Algo así como un ejemplo: si el candidato del partido socialista dice que no, Rajoy, que no a quien preside en funciones el gobierno. Que, si por este motivo el presidente en funciones no acepta encargo de formar gobierno en nueva legislatura. Que, si por ello el socialista recibe el encargo de intentar conciliar ese gobierno. Que, por tanto, pacta con partido intermediario que pretende que Rajoy converse con partido socialista. Que pretende Rajoy que el candidato que repetía que no, fracase y reconsidere. Que le hable –o que negocie renunciando a ejercer la presidencia. Que se mantiene ese no de los comienzos, y entonces no se divisa un gobierno conformable. Adivine el alumno –o el lector, si así lo entiende- un lugar donde la cadena de argumentos se corrompe. O si no, vénzase hacia el diván y repose su inquietud, dormitando hasta nueva discusión -o aguardando otra noticia.

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