Etiquetas

Estoy en condiciones de afirmar que Miguel Hernández no es, como se dice, un buen poeta. Y lo digo a pesar de que, cuando mi adolescencia, fui lector ferviente de sus versos. Hoy… lo veo escritor de imágenes asumibles sin exigencia ni esfuerzo, de métrica correcta y de aciertos esporádicos –concederé mismamente que frecuentes. Cualidades que no bastan al propósito. Sus versos amatorios, los de guerra… los encuentro pinceladas de un notario que embellece las anécdotas. Quitaré el perito en lunas, y el cancionero… Pero son obras de madurez no alcanzada. No es igual que el modo como la anécdota aparece en un Quevedo, por ejemplo: donde el sucedido no importa, ni nos hablan esos versos del autor –de su vida, de su tiempo o sentimiento. Salvo como pretexto o licencia. Los de Hernández, sin embargo, llevan adosada en el envés la efigie de quien los hizo –tan humilde, tan rústica o militante, y tan pastora. Mas les falta el interés universal: el aliento que cimbrea los poemas verdaderos. Aventándolos de autor, de sucedido, de belleza revocada, de posado literario o de perentorio esfuerzo.

©

Anuncios