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La gravedad que advertimos en las cosas de la vida, proviene de sus muchas amenazas. Pues nada hay más inseguro que ese don por el que se nos da la posibilidad de cualquier cosa que acaece o que tenemos. Me detengo en este lugar del discurso, para recordar la angustia de Pascal al pensar los silencios infinitos en el oscuro universo, o la probabilidad exigua de que combinación aleatoria –de óvulos y espermas dispersados a millones- engendrara lo que somos. Traigo estas cosas al monitor del PC, lector, que en ese instante gobiernas –para afirmar que también es despreciable en matemáticas la posibilidad de pervivir un segundo todavía, ante la inmensidad de amenazas cuya realidad pende ignota sobre ti y sobre mí, sobre nosotros. Y si esto es así –y a ello vengo- ¿qué decir sobre el modo como cada semejante considera las cosas que se cruzan cada día en el camino? Qué decir sobre el valor que sin mucho cavilar les conferimos: los estudios, el deporte, los trabajos, los amores y los hijos. Como una afirmación, o la voluntad de ser. O, más allá de sus límites, el empeño que alguien pone a su pesar en invocarse.

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