Otrora, los papas enseñaban ex cathedra. Y daban bendiciones urbi et orbi. Con solemnidad suntuosa de salón y protocolo. Lo que tuvo que ir cediendo en abundancia de visitas papales a países lejanos de su feudo, y sombreros exóticos uncidos con pontifical sonrisa -de candidato a presidente en campaña americana. Mostrando cercanía, mas lo justo sin embargo, y sin abajar en demasía los escabeles del solio. La autoridad en busca de su afirmación, según los modos del tiempo. Hoy el pontífice reinante ha bajado un peldaño la escala de ese linaje. No sólo ha plantado residencia sin palacio ni salones, mas también relajado el protocolo. Y lo que sobre todo reputo: su aparecer en papel de párroco universal apacentando las almas. Un paso más allá de lo que los modos de siglos permitieran en la Iglesia –y en lo simbólico, un punto de no retorno. Tal si el último bastión de una aristocracia rindiera sus blasones medievales –ante masa exigiendo que cualquier autoridad se legitime a cada momento, o se funde a cada paso.

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