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Desde el ochenta y dos, y en España, los partidos abusaron de ese ardid en la contienda política: la mentira, y también el eufemismo –su acostumbrada muleta. Porque hay un uso de la falacia, que el gobierno de los pueblos necesita. Pero lo nocivo, como siempre, está en la desproporción –en la dosis, si se dice de otro modo. Creo que todo comenzó cuando el referéndum para salir de la OTAN, aunque la cosa amenazaba de antes: con el gatazo González en sus idas y venidas desleales con Suárez –preparando el asalto al lugar de aquella esgrima de transición caballera, de nobleza confiada. Pero es justo también decir que el abuso en faltar a la verdad, se produjo a partir de ciudadanos que aceptaron les mintieran: por confiar en que así no se menoscababa la solidez del contexto –como antaño-, o por desesperar –tal sucede- del contexto o del sistema. Lo peor es que el mentir no controla los efectos que produce –sobre todo cuando es ardid colectivo, y se acepta en el acuerdo de un silencio compartido. Y si entonces nos condujo a corrupción y descrédito, bien pudiera hoy quebrantar acuerdos de convivencia –tácitos desde ha decenios, y en asentados cimientos.

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