Supongamos que nuestra vida cotidiana, nuestro ambiente, nuestras cosas ordinarias… no fueran evidentes o inmediatas por sí mismas –mas una inferencia que pergeñamos a partir de percepciones transitorias, incompletas e inconexas. Con lo aleatorio de las conexiones que entre ellas presumimos. Con lo inseguro que la incompletud de los datos introduce en nuestra percepción del entorno y de nosotros –de vitales conclusiones, tantas veces. O supongamos también que nuestro mundo alrededor no se moviera por causas –sino por aleatoriedad que acotamos a partir de convenciones arbitrarias, o costumbres inseguras. O incluso que una cosa no fuera otra que el espejo que refleja a su contraria. Así es el mundo teatral que Ionesco nos ofrece. Donde el personaje declina hasta ser marioneta balbuciente –que manejan unos hilos tan poderosos y absurdos que ni el autor los gobierna. Y en relación con el título del post y de la obra: qué hay de aquella cantante que es calva. Pues, peinándose. Por cerrar un argumento, o por abrir nuevamente un lugar a la tragedia.

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