Pues ¿qué adulto, que se precie de una infancia, no lo ha hecho? Incluso en la niñez que se vivió en territorios de asfalto. Y es cosa singular ese juego de los niños: pues no consiste en cercenar a esos insectos. Sí en estorbar su carrera, deshacer las hileras en que ordenan sus trabajos, quitarles el botín que transportan camino del hormiguero. O también los más crueles, hostigarlas con cerillas encendidas, luminarias diminutas de algún fuego. Verlas retroceder, alocarse temerosas en su huída ante tamaño peligro. No he visto niños, empero, que prestaran su cuerpo a juego con ellas –tal sucede con cachorros, o con gatos de camada, o con perros familiares. No he visto niños que presten el cuerpo a su recorrido –al contrario, se rehúsan. Incluso, llegado el caso, se cercenan o se aplastan. Por repudio al hormigueo. Recorrido vagaroso y diminuto, imprevisible, vagamente amenazante.

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