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En la sala de profesores, una mesa torneada de mitad del siglo XX –con su juego de sillones, mismo siglo- confundía su abolengo entre sillas verdosas fabricadas con tubo de metal, asientos y respaldos de formica. Una sala de paredes con pintura gotelé, cielo raso de escayola: donde catedráticos a punto de retiro compartían a ratos lugar con jóvenes interinos o profesores maduros, con maestros llegados de la escuela para los primeros cursos de la segunda enseñanza. Aquella mañana, casi hora del recreo, se escuchaba la voz gutural del profesor Cilleruelo –cetrino el aspecto de sus manos y su rostro. La piel envejecida por los años, el descuido y el consumo dilatado de tabaco. Allí se le oía –y alguno lo escuchaba por encima del periódico: hablaba de la antigua Tarraco, marca hispánica de Roma. De su esplendor pasado, y lo injusto de verla sometida a un delirio que deniega su pretérito designio -lo que fue: lo que quiso ser y siempre fue a cada paso. Emporio afincado en los confines del Ebro: el río de Iberia –y la provincia romana, en Hispania, que Tarraco defendía. De ese modo peroraba, mientras concurrían a la sala profesores por la hora del recreo: punto de partida para el café apresurado, conversación para otros –en grupos de edad que la sillería circunscribe como tácita frontera-, refrigerio para aquellos que portaban su yogur o su manzana -pertrechados con cubierto y servilleta desechable. Cilleruelo, su voz, tal hablando en soledad –la de sus libros, su vida. Desde palabras de antaño.

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