Cuando niño, en el colegio se estudiaba la geografía de España. Sin grandes profundidades, claro: los afluentes y sus ríos, cordilleras y sistemas montañosos, los cabos y los golfos –en sentido geográfico, como sin dudar suponen. Todo esto se estudiaba con un mapa en la pared y puntero que gobernaba el maestro. Señalando, en los ríos, el nacimiento y el lugar de desemboque. Y los tramos intermedios de sus cuencas: los pueblos y las ciudades. Ríos, los había de recorrido corto: el Segura, por ejemplo. O de recorrido inmenso, tal era el caso del Ebro –donde el maestro forzaba el aprender diecisiete lugares por donde el río transcurriera: desde Reinosa hasta su delta en Amposta. Y un niño, compañero de pupitres del entonces, que comenzaba a enumerar la relación con punteo imaginario sobre el mapa. Sólo que punteando el nacimiento donde en realidad el río desemboca en costa de Tarragona. Corregido del maestro, el infante repuso que los ríos nacían caudalosos en el mar y adentrábanse en la tierra –menguando su caudal en medida en que la gente retiraba calderos para beber, la fregaza, o la crianza de bestias. Que no entendía el presupuesto contrario: que un hilo de agua naciendo en regiones interiores pudiera crecer sin más, y ensancharse sin parar caminando hacia los mares. Una santa ingenuidad, que otros niños hasta hoy (ver enlace) ni adquirieron, ni tuvieron.

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