Hace un rato en El Hormiguero, por la tele. Y supongo que lo dice así, sin /h/, por ser latiguillo vulgar barriobajero –repetido con frecuencia insultante del buen gusto, blasfemia tan siquiera. El tema de entrevista es la corrupción en partido de la derecha española: ni análisis, ni información añadida. Las cosas que cualquiera escucha en cada bar, en cada esquina –o dice en conversación de ascensor entrecortada. No porque Évole no sea un showman de hacer acreditado en cuestión de entrevista a personajes. Pero para todos llega el instante de un recodo en el medio de la fama: reducir el poder de impactar a la imagen que de sí ya se ha logrado. O vivir de las rentas, que se dice. O aliquando dormitabat Homerus –que tanto vale al rapsoda, como al poeta le cuadra. Por eso no está de más afirmar que el malsonante latiguillo es muleta que sustenta al discurso inconsistente. Crisol que destila la menguante inteligencia en las palabras. Aunque previamente, a quien gestiona el programa y en pantalla, efectuó indicación de beso en salva la parte –con sonrisa y entre ánimo jovial. O con ademán jocundo.

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