Don Jacinto Rega, granadino, era hombre de carácter difícil por altivo, intransigente. Acogedor, sin embargo –siempre que el huésped aceptara las reglas exigentes de su conversación y compaña. Jugador de ajedrez, que presumía –en el piso antañón que habitaba con ventana hacia la calle Duquesa. Aquella mañana, por detrás de los visillos, comentaba la cantidad de lecturas que en su vida atesoraba: que, puestos en el suelo de esa calle, llegaría la altura de volúmenes casi hasta el piso primero. Con verdad o con hipérbole –no importa. Yo imaginaba a don Jacinto enfrascado entre lecturas españolas y francesas –volúmenes encuadernados en oro, y escritores muy del siglo diecinueve. Lecturas amables por realismo del relato, por el modo de enjuiciar los personajes y ambientes. Por entonces, yo frecuentaba ya mis difíciles lecturas. No por el halo de hermetismo que para el vulgo tuvieran. Mas por considerar que si lo que en ellas se encerraba se reputaba valioso, y si resistía a un primer acercamiento, por fuerza había de ser importante el medirse con ellas y triunfar en ese lance: en comprensión y horizonte, en ascesis de intelecto, en estilo de escribir que los años y el esfuerzo me allegaran.

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