He visto que lo que los hombres temen, de manera destacada, es vejez y soledad. Los hombres sobre todo. Aunque también las mujeres, si bien de manera diferente y con otra dimensión. Y es cierto que hay otros males que también son de temer. Pero aquellos que conmueven las entrañas, si se anuncian, son los que en lo necesario nos hacen depender del arbitrio de los otros –sobre todo en lo gravoso del cuidado que se pudiera necesitar. Miedos que se hacen perentorios en avanzando el discurrir de los años, cuando se adquiere un escueto sentido de lo que somos –sin metafísica al caso, y sin sublimación. He visto jóvenes coquetear con el señuelo de una muerte en lontananza. Pero este miedo, lo he visto llevar a viejos hasta jipidos de niño –sin busca de trascendencia, como si bastara la limosna de un consuelo religioso. Sólo por sobrellevar.

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