La ciudad ofreció un servicio urbanita al paseante –cargadores de teléfono móvil en algunas de las céntricas farolas. Con repisa diminuta donde reposar el aparato, y la clavija precisa. Una facilidad acertada, aunque precisando un complemento psicológico al usuario transeúnte: pues el tiempo transitorio de la carga lo dejaba sin oficio, clavado en una baldosa sin referencia y sin ángel. Es lo que los inventos tienen cuando cuentan con su público ordinario. El chupa-chup, por ejemplo, o la impagable fregona: lo simple unido a lo que el usuario precisa –con modestia indefectible. Lo escribo porque en el televisor he visto el complemento inventado: la smart city –una plataforma virtual de información que el ciudadano consulta mientras el móvil se carga. Jóvenes tecnólogos en la urdimbre de la idea. Lo útil –la información de usuario y municipio, que interactúa o va y viene. Y también, y no es lo menos, una ocupación que resuelve la escena del plantón que se inflige un tal cualquiera -en el orbe que genera una farola, escueto y desoficiado.

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