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Es autor de un guión: si la cosa funciona –versionado al teatro y ofrecido también en el Romea de la capital murciana. Lo vengo a decir para afirmar que el autor tiene un dejo que se imita a sí mismo en ocasiones. Lo que no lo priva de su genialidad –su pizca en el caso del que hablo en este post. Pues es de genio poner en las tablas, con brillo y con terneza, la cotidiana pequeñez de nuestras vidas -la que hace entrañable nuestra miseria ordinaria. Aquella contingencia que, tocada por el arte, nos ennoblece en lo que tenemos de cualquieras. No obstante, ello lo he visto en otros guiones con verdad más persuasiva. Aquí, una historia que no alcanza a mostrar la discreta metafísica que pretende extraer de lo anodino –del suceso irrelevante. Como si, escritor, un rutinario Pessoa escribiera un diario replicante de sí mismo. José Luis Gil, sin embargo, es monologuista que despliega personalidad y oficio -enalteciendo a ese Boris, personaje al que eleva más que encarna. Más que exhibe o representa.

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