Tienen para mí los viernes, un algo que se acaba. Donde otros ven la víspera –su gozo, su promesa. Pero yo los veo tal si en ellos, en su tarde, se repitiera un final acostumbrado –se anunciara, diferido, un recomienzo. Porque más allá de ese día, los sábados son días que reclaman su rutina en la mañana. Por la noche, su solaz o su espectáculo. Domingo, apurando un no sé qué –y la víspera de un lunes. La interrupción de un continuo –salvo que el sentido interior, la porción de su alegría, se adornen a sí mismos con el traje reinventado de su fiesta.

©

Anuncios