Bajo la actual Constitución de España, una lacra del socialismo reinante ha sido el oportunismo. Un vicio político mantenido por decenios, que conduce a la peor sensación que alcance a los electores: un persistente descrédito. Esto escribo, cuando el partido hasta ahora principal no encuentra su lugar ni su discurso –con dilapidación de un crédito indiscutible que lo aupó en los comicios del 82 hasta el gobierno de España. Desde entonces, muestras demasiadas de maquiavelismo empequeñecido: un discurso que ha ido acoplando la verdad a coyuntura y medida. Lo oportuno, a la sola conveniencia. No discuto en estas líneas los logros indiscutibles –sino un modo de retórica gastada, comodín y parcialidad sin el bastante respeto. Con complicidad, es claro: incluso la sociedad mientras las cartas son oros. Pero el ciclo es acabado –así parece. No es posible regresar ya un solo instante a palabras que reducen la verdad a conveniencia -del líder, o del partido. Queda saber si es posible un discurso de unidad. Y una actitud confiable.

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