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En el convento de las Jerónimas, de Granada, hace no sé cuántos años que una novicia gustaba de subir a los tejados del templo y –vertical- recorría los aleros. Hablo de altura impresionante –como de templo imperial, con cripta que acogiera al Gran Capitán: sus restos. Y lo decía la abadesa –con admonición desoída: si un día se dice que una monja de Granada se despeñó de una altura… Aquella techumbre se conforma con losas centenarias –de grosor, y de cantera. Y por allá la novicia arremolinando el hábito, la capa, enjutas las sandalias por el borde que el precipicio marcaba… se la veía desde el suelo. Cuando ora se inclinaba para coger diminuto pichonzuelo que el alero resguardara, ora se erguía y proseguía juguetona su paseo temerario. Escuchando la salmodia en esa iglesia durante el rezo de vísperas –evoqué lo feliz de la arcadia de la infancia: desoyendo los peligros, confiados en el mundo que se ofrece como placer inocente. U obcecados, voluntarios, por la seriedad que se dirime en el juego.

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