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Estas fechas el palacio murciano del Almudí alberga un elenco de pinturas de Molina Sánchez. Un legado del pintor a la Región de Murcia, que hoy duerme embalado en general entre el polvo y el olvido. El título, el ángel expresionista, lo reputo mejorable –si no por evitar los tópicos, al menos por no avenirse en lo extenso al recorrido que realiza por su obra. Una sensibilidad que atraviesa las técnicas diversas, los motivos y los tiempos. Un buen hombre –así lo reputé cuando lo trataba, e igualmente aquí lo digo. Las salas, animadas de visitas cuando estuve: miradas reiteradas que buscaban el rótulo tras contemplar cada lienzo –cada estampación, cada dibujo. Como obedeciendo a una provocación de la pintura al concepto: un sugerir en el terreno inquietante que el pintor va trazando entre abstracción y realismo, cubismo y ademán primitivista. He detenido mi gesto ante el borracho, en planta baja, y el picassiano barbudo que se expone en la escalera –no sabría por qué, una singularidad tal vez del momento en el que he puesto la mirada. Aguardaría una exposición mayor –con catálogo solemne. Y la restitución del lugar que, según creo por acuerdo, a esos cuadros corresponde.

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