El 2016 cumplirá los ochenta años del alzamiento que dio cartas al franquismo. Casi un siglo –casi nada. Tiempo bastante para que generaciones nuevas o novísimas den por amortizados otros acaeceres de la historia. Salvo casos notables –como lo fuera en su día la pérdida de Cuba para España. Con una diferencia, en este caso: que el discurso corriente no asume en general un análisis por lo menos objetivo de ese régimen –pronunciándose una censura genérica y moral cada vez que el tema aparece en el tapete. Su final fue obra de la actual democracia –sin ruptura, algunos dicen: con continuidad que resta legitimidad a las formas hoy reinantes. Sobre este asunto, cabe sopesar si la legitimidad no la otorga el ejercicio libre del sufragio –y la aceptación pacífica durante los decenios que ya dura. En cualquier caso, el reclamo de la lucha antifranquista, su censura, se me hace que persigue un ninguneo: obliteración del sistema democrático vigente. Como si una nueva legitimidad se preanunciara, con sustento en la aniquilación del régimen –que en su día no fue objeto de ruptura. La transición, un paréntesis. Un regreso a la preguerra, la república. A moro muerto, gran lanzada –según proclama aquel dicho. U otra vez, las dos Españas.

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