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Una camarera de Lisboa, muy vivaracha y atenta, lo decía: que España le gustaba. Que le gustaban Sevilla y Bilbao, Granada y Barcelona. Que le gustaba Valencia. Dentro de la península, lo no concomitante con tierras lusitanas: las ciudades que más le hacían sensación de diferencia con lo propio. También, me contaba sorprendida: lo variada que es España –no sin gesto de contrariedad que marcaban los labios con su mueca. Y me parece un punto de vista muy portugués y muy propio: porque la menor extensión del país favorece la uniformidad y un sentido unitario de la patria. España, sin embargo, reconstruyó en los siglos una unidad visigótica y perdida bajo el moro: con reinos que se fueron construyendo sobre aquella unidad –avatares diferentes, y una aspiración que se fue concretando paso a paso hasta dar lugar a la nación más antigua de las que forman Europa. Un dejo, sin embargo, eché de ver en aquella camarera: no percibía que fuera Portugal un reino peninsular entre otros que nacieran –mas trazando su órbita excéntrica: persuasión y política eficaz de división que marcara Gran Bretaña.

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