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Pongamos que internet fuera un desierto. Tal si un día sin visitas, ni tráfico, ni audiencia –se prolongara un instante. Como una soledad –donde no hallase respuesta quien a sus puertas llamara. O pongamos algo menos: que parte de lo depositado en la red permaneciera olvidado –por discutible u ocioso. Por carencia de fiabilidad, o por falta de contraste. Y que, después, una masa acudiera nuevamente y al unísono: una reedición posible de lo que antes hubiera –sólo que con la ansiedad que la abstención acumula. Sin aprendizaje ni maduración desde ese exilio, ni amejoramiento de la actividad despreocupada que acometen internautas.

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