Tampoco hace falta ser Ortega –el filósofo- para conocer la importancia de las élites. Esas, sí. Las denostadas. Las indispensables a la robustez, la prosperidad y el perdurar de cualquiera nación que se precie. Hubo cuando eran visibles –manifiestas, como un aparecer a plena luz sin trampantojo. Cuando, por ejemplo, obtener un escaño en las Cortes Generales suponía la culminación de una carrera. Después, con la subida del nivel histórico de clases iletradas –se ha comenzado a concebir los parlamentos como lugar resentido o de revancha: agencias del poder, sin cualificación exigible a quien acceda. Tal si gobernar un país estuviera a cada instante a la mano de quien llegue –con avance paulatino, y discurso de consigna sin razón y sin arraigo. Queda por saber si ese cielo pretendido y asaltado no queda como campo abandonado por elites que partieron –deslocalizadas, sin demarcación, no alcanzables porque ubicuas. Ausentes el Estado, su razón y su exigencia. Presente, gesticulante y escueto, el indocto mecanismo.

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