Pasadas elecciones y elecciones, en noches de recuento, he visto demostrarse tantas veces la bifronte faz de la política: el apelar a la ética, al servicio del común, la voluntad del pueblo –por un lado. Por el otro, logradas papeletas en las urnas, la mecánica del poder –su mecanismo de aritmética y alianzas. Con los ases que se guardan, con las cartas que se ocultan –aunque cada vez más permeable y transparente la tramoya. Contando asimismo con arreglos y disputas interiores de los grupos y partidos. Una cosa con la otra –como ha enseñando el moderno pensamiento en terreno de política. Lo peor, si hay marrullería –un modo, en ocasiones, de traición. Quizás la principal, o al menos una: denegar la preservación del Estado como ética política y principio –poder que confronta la política de parte: su vocación de imponer.

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