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Un problema es que hay profesores de universidad que saben poco. Y otro no menor, que militan muy activos en política. Algo que no repugna en demasía a sectores que compran por el rótulo –sin reparar en la calidad de aquello que tras él se ha agazapado. Yo he conocido profesores de capacidad y actitud muy diferentes. Recuerdo aquel José Luis García Rúa –anarquista que era, y filósofo muy estoico. Y también al católico Pedro Cerezo –reputado en Granada y universidad de su metrópoli. De este último diré que, tras la intentona golpista de febrero, pensó oportuno dar paso adelante en la política –militando en el PSOE y obteniendo un escaño en el Congreso. A no demasiados avatares, escribió en “El País” una columna –la vuelta del anatema– denunciando ya en aquel momento una militarización del pensamiento. Fue previo a su abandono del Congreso y del partido –y su retorno a las aulas. Hoy veo aquellos profesores de que hablaba en los comienzos de estas líneas –que militan tan sólo, mas no piensan lo bastante. Que, filósofos se dicen, ignoran que el Estado es garante de igualdad –o es tiranía. Y que no hay legitimidad ni derecho de asambleas ni territorios. Mas el de los ciudadanos –individuos- que se ejerce y se regula por el medio y el imperio de las leyes.

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