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En Granada las cuevas del Sacromonte murieron, hace lustros y decenios, a manos del turismo. Su flamenco –originario y gitano. Eran tiempos salvajes de extenuación del recurso: agostando la riqueza de los mares, de la tierra, de los bosques. En venta lo habitable del entorno, el patrimonio hasta entonces ignorado, la tradición –con su música y sus danzas. Cosas que hoy reciben un cuidado comercial, al abrigo de cámaras de turismo –y de gobiernos incluso. En Portugal, el trasunto podría ser hoy el fado –esa música que Amália Rodrigues rescató hace un algo de su degeneración o declino. Hoy, el turista sabe que en las noches portuguesas hay tabernas, o restaurantes con fado. Todo encaminado al comensal y a la cena. Un modo de rentabilizar el lado comercial que prepondera. Hay también lugares más cercanos a los bares, donde el fado se ofrece con tapeo más liviano. Entre estos y en Lisboa, en ocasión conocí el Pastel do Fado. En el barrio de Alfama, subiendo la catedral y en la Rua Limoeiro. Dos jóvenes cantantes: uno de ellos, preguntado, me responde entre portugués, inglés y lengua española: no hay escuelas de fado en Lisboa, salvo para los músicos. El cante no se aprende en las escuelas –uno lo lleva consigo –mientras gesticula con las manos sobre el pecho, y enfatiza con vigor tras de sus ojos.

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