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Reconozco que ayer, en la tele, vi el debate. Y lo hago, natural y con franqueza –como quien reconoce que asistió a espectáculo que de antemano se sabía inconsistente. Y sorprendió sin embargo, aunque por razón todavía más deleznable. Para quien lea sin contexto mis palabras, es justo aclarar que me refiero al debate entre aspirante –Pedro Sánchez- a presidir el gobierno de España, y Rajoy –quien preside hasta el día de elecciones por lo menos. Sorprendió por el tono, desusado para cualquiera que se repute a sí mismo o se precie. Dizque lo peor fue el insulto –inaceptable a cualquiera, pero menos dirigido a quien preside la nación en el momento. Un decoro quizás. Una magistratura también, y el respeto que se debe. Sin embargo, me pareció más hiriente la arrogancia –la superioridad que se presume y se autoriza a sí misma, o su moral, o su ética. Una mala cualidad en quien aspire al poder –el matiz y la razón, su respeto, urdiendo la democracia.

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