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No vería mal que los precios se nivelaran, en Lisboa, con los de otras capitales –si ello se acompañara de una nivelación en bienestar, en prosperidad del común, en condiciones de vida. Aunque no estoy tan seguro de que, al día de hoy, así sea. Lo cierto es que el frenesí comprador del turista, en momentos anteriores, me da que se muestra atemperado en el momento. Asunto a considerar si se entiende que lugares atractivos compiten en igualdad –con ofertas culturales, de ocio, de extranjería y relajo. Salvo que el comercio lisboeta –y el gobierno, con su iva al 23 por ciento- confíen en cualidades del lugar que lo hagan preferible en todo caso. Es lo cierto que un paseo por el centro del turismo en la ciudad, en los momentos presentes, muestra un pulular y un hervir del comercio menudo: como disputando cada venta a un turista deseado que deambula. Estrechando y apretujando los céntimos en que se divide el euro –los euros que componen un billete. La sensación, al menos para algunos, dista de lo apacible. Como llevando a lo literal y a lo extremo la leyenda a la entrada de un aparcamiento público: -Bem vindo. Pagamento.

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