Supongamos que fuera Celestina el autor que escribió La Celestina. La protagonista que, consciente, fue trazando su propia peripecia. Así es el monólogo que Charo López desplegó ayer en la escena del teatro. Una obra –Ojos de agua– que luciría mejor con título menos afectado, más enérgico. Como enérgica es la trama por detrás de cada gesto y cada frase, por detrás de las palabras. Por mostrar que el juego es la libertad, su afirmación, el poder que en todo caso es inherente. Un mérito de esta obra que a mis ojos permanece indiscutible: la tragedia en el sustrato, la comedia aligerando la anécdota –la tragicomedia inmortal de los actores. El texto, mejor que bueno –con arte menor rimando lo actual de los conceptos con versificación muy clásica. Acompañó Fran García con su voz –de ágil modulación, y tonalidad variada-, con su ademán de arlequín. A recomendar –por verdad, por calidad y sin ambages.

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