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Durante los años del bachillerato y hace tiempo, en las aulas aprendimos cosas sólo a medias contrastadas –como entonces se enseñaba: tal si fueran esas cosas verdaderas sin ambages, necesarias. Sobre todo en cuestión de humanidades, donde la verdad va ligada a un concepto del valor reclamando una adhesión por nuestra parte. Así sucedió con estudios de filosofía o de letras: esos volúmenes de historia que eran galerías de bustos inmortales con sus obras. Después, con los años, se fueron completando las lecturas. Con la ponderación del sentido madurado. Durante los últimos cursos de estudiante, concebí por ejemplo esta opinión de Juan Valera: que es mejor orador parlamentario, que segundón novelista. Esos discursos los compré en librería de viejo –en intonsos libritos con portada de papel granate. Envejecidos por el tiempo, mas no usados. Una oratoria que parecía prosa. Como si hablara escribiendo o, a la inversa, si escribiera como hablara. Admiré la humildad –sin afectación, y sin embargo consciente. Con el vigor que se funda en el concepto –no en la vulgaridad ni alharaca, tal acontecer hodierno. Tal vez un material para los jóvenes y la escuela de hoy día: por enseñar el hablar, el respeto a la palabra, la convicción y actitud civilizada, la cultura –las cosas como ellas son. Y también como se hacen.

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